El “selecto” club de los 27 (II): Jimi Hendrix

•30 marzo 2010 • Dejar un comentario

Resumir lo que fue y es Hendrix en un solo post es algo más que punible.  Para muchos (muchos) el mejor guitarrista de la historia reina sobre el resto de caídos tras sacar lo imposible de seis simples cuerdas.  Toda presentación resulta tan innecesaria como repetitiva, ya que todo está dicho y los adjetivos hace décadas se agotaron dejando el diccionario pequeño a los pies del genio de Seattle.

El frenético paso de Hendrix por el mundo de los mortales es una historia de violencia, problemas con la ley y ávidos mordiscos de drogas y alcohol a una vida la suya creada para ser breve.  Desde que en mayo del ’67 Hendrix subiera al escenario del Monterey Pop Festival para ofrecer a los presentes una actuación jamás antes vista sobre tablas, la agresividad y la ruptura con todo lo imaginable fueron sus más valiosas compañías.  Aquel día Jimi acabó destrozando su guitarra en llamas contra los amplificadores tras apenas tres cuartos de hora de un recital transgresor como pocos en los que sus dientes actuaron de púa y su micrófono de bottleneck.  Todo con la provocación a un público alucinado por bandera.

Era inevitable la asociación, y tras la causa de semejante caos vital se esconden evidentemente el destilado líquido elemento y los polvos mágicos.  Estos últimos supusieron motivo de fricción con la ley todo el tiempo que duró la cima de su carrera, siendo arrestado en varias ocasiones por posesión de heroína.  Bajo los efectos de los psicotrópicos Hendrix descargaba toda su energía contra todo su circundante, destrozando habitaciones de hotel e irritando con su escrupuloso perfeccionismo a sus compañeros de grabación.  Decenas de veces hacía repetir a los instrumentos el mismo riff hasta alcanzar un sonido que sólo su mente era capaz de reproducir.

Tanta grandeza solo podía finalizar abruptamente, y la mañana del 18 de septiembre de 1970 nació sin el mago.  Así mismo, el modo de ascenso a la gloria eterna requería de una teatralidad y guión acorde con la grandeza del guitarrista.

Aquella última noche Jimi Hendrix la compartió con su pareja Monika Danneman, tras una fiesta de las memorables y en un estado de los deplorables.  Fue la novia alemana la que le recogió de la bacanal y le llevó a su apartamento de Londres a fin de dormir cuantas monas fueran necesarias.  La versión oficial declara que el monstruoso porcentaje de alcohol en el cuerpo de Hendrix unido a una ingesta masiva de pastillas para dormir acabaron con su vida ahogada en su propio vómito.  Esta versión resulta tan plausible como creíble, si no fuera por todas las circunstancias que comenzaron a revelarse en torno al caso…

En una primera declaración, Monika Danneman culpó a los servicios de urgencias que llegaron a su casa tras su llamada de auxilio de la muerte de Jimi, al afirmar que cuando el cuerpo de este fue subido a la ambulancia aún estaba con vida, con lo que podía haber sido asesinado conscientemente por alguna persona de las implicadas.  Toda su recién acuñada conspiración se desmoronaba con cada nuevo interrogatorio al variar sus declaraciones de forma incongruente.  Pese a que la figura de Danneman no fue en principio lo suficientemente sospechosa, los médicos que atendieron el cadáver de Hendrix resaltaron una bufanda a su cuello excesivamente apretada.  Otra ex-novia de Jimi, Kathy Etchingham, fue más allá y señaló directamente a Danneman como autora del crimen, yendo ambas a pleito tildándose mutuamente de mentirosas; juicio que pudo haber finalizado con una orden de arresto sobre Danneman pero acabó con su “suicidio” en 1996, en circunstancias igualmente sospechosas que las de su celebérrima pareja.

El misterio que rodeaba la muerte de Hendrix dio otra vuelta de tuerca con la publicación de “Rock Roadie” en el 2009, un libro escrito por el que fuera asistente de Jimi en sus conciertos, en el que se salía a la luz una confesión del representante de Hendrix Michael Jeffery.  Según el autor del libro, Jeffery le habría reconocido en una noche de borrachera ser el autor material de la muerte de Jimi Hendrix.  El móvil no era otro que el jugoso seguro de vida que habría de parar a sus bolsillos: 2 millones de dólares de los que era beneficiario.  Según la confesión de Jeffery, habría entrado en el apartamento de Hendrix la fatídica noche para (lógicamente con la connivencia de Monika) atiborrar a pastillas para dormir a Hendrix.  Para lograr que el perjudicado Jimi se las tragase, el presunto homicida habría echado mano de varias botellas de buen tinto, lo que explicaría el nivel del mismo encontrado en su autopsia.

Michael Jeffery moriría al poco en un accidente aéreo, quedando su implicación en una aureola de incógnita, y nunca sabremos si “Tenía que hacerlo, ese hijo de puta iba a dejarme, si le perdía, lo iba a perder todo” o “Jimi valía más para mí muerto que vivo” fueron más verdades que mentiras relatadas en los párrafos de un libro con un ánimo de lucro en ventas ciertamente ambicioso.

Lo que sí es cierto, alcoholizado o asesinado, es que el inimitable Jimi Hendrix no volvió a acariciar con su zurda una guitarra eléctrica, y que su huracán temperamental se apagó a la curiosa edad de 27 años…

El bigote del Sargento Pepper (y parte III)

•24 marzo 2010 • 2 comentarios

Todas las pistas, todos los guiños apuntaban a un mismo lugar, desechando casualidades y matando un ídolo.  Recorrimos temas posteriores a 1966, desentrañamos evidentes y microscópicos detalles en las portadas de sus discos y dejamos al ávido lector la tarea de investigación fotográfica para la comparación de orejas, labios y bigotes.  Todo ello, sin excepción ni ánimo de desmentir, resultaba tan oscuro e inquietante que a buen seguro se han mandado flores al descanso del bueno de Paul y se ha reescuchado la discografía de Campbell en solitario con otros oídos (más benévolos ante la caída progresiva de su calidad).

El mundo está lleno de verdades y medias mentiras, de conspiraciones a nivel orbital y de pequeños bulos soltados al viento con intención de hacer de la lamentablemente monótona realidad un cuento con guión más animado que guste de ser vivido.  Llega el momento de descubrir si William Campbell ganó ese concurso de dobles y sustituyó lo insustituible.

Y, por alegría o desgracia…

…es una farsa.

Una pequeña gran broma orquestada desde el corazón de los cuatro de Liverpool, como chistecico interno descubierto por los más acérrimos hooligans que se expandió como la pólvora con las nuevas tecnologías.  No, señores, Paul McCartney no tuvo un accidente de coche mortal, no perdió su vida el 9 de noviembre de 1966, no está muerto.  Aquella noche los Beatles no se encontraban en los estudios de Abbey Road de Londres, estudios en los que retomarían sus legendarias grabaciones el 24 del mes.  Con esto comienzan a caer los naipes desde el piso más bajo, y la leyenda pierde su encanto, su mito.

Todo se inició con una llamada de un tal Tom a una emisora de Michigan de nombre WKNR FM en octubre de 1969, donde éste afirmaba en antena haber escuchado el célebre Turn me on, dead man reproduciendo al revés la pista de Revolution #9.  Los locutores Russ Gibb, John Small y Dan Carlisle comenzaron entonces su investigación sobre una posible muerte del beatle, haciendo saltar la chispa para que todo aquel que poseyera un disco, una foto, una canción, buscase nuevas confirmaciones del suceso.

Cierto es que tanto el propio McCartney como Lennon sufrieron sendos accidentes de tráfico en aquella época.  En diciembre del ’65, Paul se estrelló con su moto perdiendo un diente y provocándose esa cicatriz del labio que a duras penas logró disimular cuando un bigote similar al de los otros tres Beatles se esforzó en ocultarla.  Su maltrecha estampa le mantuvo alejado de la vida pública para evitar carroñería amarillista, pero entre el genial cuarteto se forjó una broma en torno a estos sucesos que fue seguida de chanzas durante los procesos de escritura, grabación y diseño de sus portadas.

Muchas de las pistas fueron dejadas a propósito por los de Liverpool, pero al tiempo nacieron numerosos gurús que comenzaron a oír “I buried Paul” cuando John cantaba “cranberry sauce”  y a ver a Paul en un accidente escenificado en uno de sus videoclips.

Algunos respirarán aliviados, otros me odiarán por haberles hecho perder su preciado tiempo, pero este es un blog no enciclopédico en el que se cuentan (siempre que sea posible, con humildad y arrepentimiento en caso contrario) verdades, siendo una de ellas el hecho de que durante años Ringo, George y John se mofaran de un siniestrado Paul creando una de las más bellas e intrigantes leyendas urbanas de la historia de la música.

Guerrillero Zack

•23 marzo 2010 • Dejar un comentario

La música como denuncia o como modo de plasmación artística de determinadas posturas ideológicas es algo más que común en las últimas décadas y más aún en determinados estilos musicales.  En cambio, muy pocos de los artistas que pregonan duras críticas a la sociedad actual han mostrado tanta implicación con sus ideas como Zack de la Rocha.

Tejiendo una red de seguridad (tan necesaria en temas tan potencialmente discutibles) he primero de resaltar que la intención de este blog dista mucho de la política, y que lo que aquí pueda leerse no puede ser tratado como apología o crítica, sino todo lo contrario.  El siguiente post narra una historia poco usual de una gran estrella, sin ánimo alguno de parcialidad…

Zack de la Rocha proviene de una familia de origen mexicano, irlandés y alemán, y pese a ser educado por su madre tras el divorcio de ambos, su padre jugó un papel fundamental en su desarrollo ideológico.  Beto de la Rocha, hijo a su vez de un antiguo revolucionario mexicano, fue un pintor que luchó activamente en la integración del arte chicano en las galerías norteamericanas y llegó, en cierto momento de su vida, a perder la razón tras llevar al extremo sus ideales políticos y religiosos, para destrozar en un arrebato de furia en el que hizo participar a su hijo Zack en la destrucción de su propia obra.

Crecido en un entorno ciertamente xenófobo, y dados los orígenes de su familia, de la Rocha no tuvo una infancia fácil y su simpatía por los movimientos antiglobalización creció hasta conformar una ideología muy afín a la extrema izquierda.

Con la escalada a la cima de Rage Against The Machine, banda ya legendaria que formó junto con Tom Morello, Tim Commerford y Brad Wilk, Zack creyó haber encontrado el modo perfecto para hacer llegar su mensaje revolucionario a todo el orbe.  Con un tono ácido y visceralmente directo, las letras de RATM son una continua invitación a la ruptura de la inopia en la que la sociedad había caído víctima del sistema capitalista.  Todo el éxito que rodeó al grupo, consecuencia inevitable de imprimir un nuevo ritmo a la música de los ’90 y dotar a la misma de una fuerza insuperable, parecióle al inquieto de Zach insuficiente en su lucha por crear un mundo más cercano a su ideal y decidió, como quien escoge los cereales por la mañana, unirse al Ejército Zapatista de Liberación Nacional en Chiapas, al sur de México.  Emulando a su abuelo, se echó al monte para intentar comprender y sentir este movimiento revolucionario de primera mano, impregnándose de una cultura que cambiaría su vida.

En la convivencia con este grupo armado hostigado por (y hostigador de) las fuerzas armadas mexicanas, Zack hizo suya la lucha de miles de campesinos y participó activamente en las rondas de negociación de paz para en su regreso a Estados Unidos llevar esta insurrección al gran público, orquestando protestas, conferencias y viajes en apoyo a los insurgentes.

Además de captar la atención mundial sobre el conflicto, junto a otros como Manu Chao, Zack de la Rocha además se involucró, llegando incluso a interceder ante las Naciones Unidas, en la condena a muerte caída sobre el presunto asesino de un policía Mumia Abu-Jamal.  Este caso alcanzó renombre internacional al politizarse su juicio y condicionar su justicia la pertenencia de Abu-Jamal a grupos de defensa afroamericanos.  Así mismo, Zack defendió junto a Nelson Mandela fuertemente a Leonard Peltier, sioux declarado culpable sin pruebas por el asesinato de dos agentes federales en una reserva india.

Pese a argüir diferencias artísticas (que las había), la salida de de la Rocha de Rage Against The Machine bien pudo deberse a la petición de “una marcha de más” por parte de éste al resto de miembros en su lucha.  Aún no llegando a los límites soñados por Zack, RATM será recordado, además de por su música, por sus acciones de revolución en estudio y en directo, llegando a colapsar, con un concierto a sus puertas, Wall Street en junio del 2000 para la grabación de un videoclip en colaboración con Michael Moore.

Mucho se critica la vuelta a los escenarios de Rage tras años de silencio en un regreso que muchos tildan de movido por el sonido de cierto poderoso caballero, más si cabe por la ideología del grupo; pero quizá habremos de esperar un porqué más en una vida como la de Zack con el despertador de la sociedad como rol casi único.

El “selecto” club de los 27 (I): Brian Jones

•17 marzo 2010 • Dejar un comentario

Era inevitable que tarde o temprano apareciese este número en un blog como SiBemolMinúscula, este guarismo envuelto en un halo de culto y tristeza a partes lamentablemente no iguales: 27 años, los justos para dejar este mundo satisfecho por haberse ganado la inmortalidad.

A los 27 años murió el legendario Robert Johnson, cuya historia ya nos es conocida y mereció por singularidad y relevancia ser el bautismo de fuego de este blog.  Robert simplemente dejó de respirar en 1938, sin explicación médica convincente y sin examen forense que dejara para la historia un párrafo más en la Wikipedia y millones de páginas menos en Google.

Tres décadas después, con apenas dos años de margen se sucedieron cuatro muertes que sacudieron el rock privándonos de una parte de aquella hornada sesentera que habría de revolucionar la música.  Iniciamos un viaje de ¿4? post por uno de los rincones más dramáticos del siglo.

Brian Jones fue, pese a que su nombre pueda resultar desconocido para el gran público, EL miembro fundador de los Rolling Stones y alma mater en sus inicios.  De hecho, esta denominación fue propuesta por Elmo (su alter ego musical) en honor a un tema de Muddy Waters, como homenaje a ese blues eléctrico que marcó toda su vida.  Además de ser el verdadero promotor en la formación de los Rolling, dotó a la banda de ese sonido bluesy y toda la estética psicodélica en sus inicios, imprimiendo en el proyecto una tendencia nacida de sus años por los más oscuros garitos europeos con guitarra y armónica bajo el brazo.  Su carisma y virtuosismo con todo tipo de instrumentos de cuerda le dieron las riendas en el liderazgo del joven grupo; en cambio, su sintonía con el resto de miembros no era la necesaria para una banda destinada al mármol de los altares: desde sus primeras giras Jones se hospedaba en diferente hotel que los demás Stones y exigía, valiéndose de su autoimpuesta vitola de cabeza de grupo, una remuneración superior al resto en sus actuaciones.  Esta egolatría pronto provocó la irritación de Keith Richards y Jagger, futura dupla pulmón de los Rolling, que se distanciaron progresivamente del mago guitarrista.

La fama, el dinero y el intenso consumo de todo tipo de drogas infligieron además en el carácter de Elmo Jones una creciente bipolaridad que dejaba entrever visos cercanos a la esquizofrenia en su voluble humor.

Pero, paradójicamente (o no) fueron los Beatles los que más contribuyeron a romper la fina cuerda que ataba a Jones con sus satánicas majestades.  El cuarteto de Liverpool mostraron un nuevo camino hacia la gloria mundial, un camino sostenido por un ritmo de producción creativa propia muy superior a la media del resto de grupos de los 60.  Las bandas homenaje o de versiones estaban condenadas a un cambio de dirección hacia la composición si querían mantenerse vivas.  El productor Andrew Loog Oldham así se lo comunicó a los Rolling, y éstos comenzaron a escribir en su totalidad sus nuevos discos.  Para esta faceta, Mick y Keith mostraban una genialidad incuestionable, mientras que Jones quedaba como un gran guitarrista sin dote alguna para la composición: el núcleo fuerte dentro del grupo se había desplazado y el ego de Brian no soportó el cambio en el statu quo anterior e intimó más si cabe con los psicoactivos.

Las condiciones físicas de Jones se deterioraron gravemente y apenas era capaz de vagar por ritmos de acompañamiento apenas audibles en las mezclas finales.  Para más inri, su novia Anita Pallenberg abandonó su cama para marchar a la de Richards en un viaje de los tres a Marruecos, colmando el vaso de una separación inevitable.  Brian Jones aún dio una vuelta más en la ruleta del infortunio siendo arrestado dos veces por posesión y consumo de cannabis, librándose de la cárcel sólo gracias a su fama y a la figura mediática que, aunque marchita, aún mantenía en la Gran Bretaña.

Finalmente, sus compañeros de grupo fueron a visitarle en junio de 1969 permitiéndole, de forma más que benévola, una salida digna de la formación, salida que el propio Jones habría de excusar de la forma que él conviniera.  Al día siguiente, Brian Elmo Jones expuso ante la opinión pública un comunicado en el que afirmaba dejar voluntariamente los Rolling Stones por divergencias en el rumbo musical que se estaba imprimiendo.

Los acontecimientos no pintaban prados verdes en el futuro de Jones, y los peores augurios se cumplieron cuando en la medianoche del 2 de julio del mismo año (apenas tres semanas despues de su salida de los Rolling) fue hallado por su pareja Anna Wohlin inconsciente en el fondo de la piscina de la localidad donde se había retirado.  Pese a que Anna insistía en que aún tenía pulso cuando llegaron los médicos, Brian había abandonado ya la vida, según versión oficial por un ataque de asma agravado por sus excesos con el alcohol y las drogas.  Esa misma noche la casa de Jones fue saqueada y, durante muchos años, Wohlin defendió la idea de que un albañil que trabajaba por entonces reformando el hogar de ambos había asesinado a su amante.  Las leyendas afirman que el presunto asesino confesó al chófer de los Rolling tiempo después ser el autor del crimen, pese a que investigaciones posteriores no han logrado traer la luz sobre el fin del guitarrista.

La siguiente foto fue tomada en un concierto que los Rolling Stones dieron en Hyde Park en honor a Jones dos días después de su muerte.

Suicidio, asesinato o simple accidente, Lewis Brian Hopkin Jones dejó de latir cuando no pudo respirar en una de las bandas más grandes de todos los tiempos.  Cuando fue engullido por el agua en Cotchford Farm tenía 27 años…

La sombra de Hoon cubre todo espejo

•10 marzo 2010 • 1 comentario

Drogas, sexo, alcohol. Tres excesos que han acabado a lo largo de la historia con personajes irrepetibles, esos que tanto cuesta hallar y de los que tanto cuesta desprenderse. En muchas ocasiones una voz marca la diferencia entre un gran grupo y una banda mítica, y cuando su sonido se apaga, la magia de su música queda sólo en sus grabaciones. El SIDA dejó huérfano Queen, y por mucho Paul Rodgers que nos hayan querido vender, Freddie es Freddie y Queen no es Queen sin Mercury… El alcohol silenció a Bon Scott en la cresta de la ola, pero en este caso Brian Johnson, el que fuera cantante favorito de Scott, logró llevar a Ac/Dc a un nivel superior, un nivel de deidades del averno… Los ejemplos son incontables en algunas de las más prestigiosas bandas de las últimas décadas y mientras algunas han sabido reinventarse o mantener su esencia, otras han dejado de latir embarcándose en la búsqueda de un sustituto que nunca alcanza la sombra del original.

Una voz única la de Shannon Hoon, inconfundible, personal e inimitable. La impresión de la primera vez que se escucha a Blind Melon solo puede ser de desgarro y sorpresa; y es que sobre su maravillosa base musical, entre la psicodelia zeppeliana y el boyante grunge, destaca un sonido diferente a todo lo que antes se ha escuchado.

El legado de Blind Melon con Hoon como vocalista apenas cuenta con dos álbumes y un disco de rarezas, y esto es debido a la intrusión de un invitado tan común como fatal: la cocaína. Shannon desarrolló una adicción platónica de amor-odio que le llevaba a incurrir en violencia e infringir leyes y decoros. Desde salir desnudo a un escenario y orinar sobre su público hasta arrojarle instrumentos con furia, agresiones, peleas, continuas discusiones con el grupo y amigos con el polvo blanco como único arquitecto. Las giras de Blind Melon eran imposibles por la intermitencia obligada de rehabilitaciones y condenas de Hoon, y la bomba explotó finalmente en octubre de 1995.

Con su segundo disco recién horneado en el mercado, el tour de promoción era inevitable, pero Shannon se encontraba interno en una clínica de rehabilitación. El grupo aceptó su salida con la condición de tutela continua. El cantante, que jamás tuvo intención de abandonar las drogas, expulsó a su tutor al cabo de unas semanas y de camino a un concierto en Nueva Orleans, Shannon Hoon sucumbió a sus tinieblas y murió en el autobús del grupo.

Una vez más una gran promesa caía por el arrastre de sus vicios, y el resto de componentes de Blind Melon, tras editar un disco póstumo con canciones inéditas para asegurar un futuro a la pequeña huérfana de Hoon (de tan solo trece semanas en la muerte de su padre), quedaron en un limbo incómodo. Ese hiato resultaba necesario para superar la muerte del icono, pero también sufría de cierto cosquilleo por toda la música que quedaba por ser escrita.

Tras más de una década buscando una voz que pudiera transmitir el mismo espíritu de su música, creyeron dar al fin con su Grial al encontrar a Travis Warren. Doce años después de su último concierto volvían a la carretera con nuevo material y renovadas ilusiones. En contra de lo pensado, no volvían por dinero, sólo regresaban para redescubrir la sensación sobre un escenario y ellos mismos se financiaron disco y gira para evitar interferencias comerciales. Esta bonanza no duraría mucho, justamente hasta la progresiva pérdida de voz de Warren, perjudicada por intentar lograr un tono al que solo Hoon era capaz de llegar. La frustración del resto de miembros se cebó con el recién llegado y éste fue expulsado inmediatamente a mitad de la gira, pese a que el maltrato requería de cuidado médico y más tacto hubiese sido necesario.

A modo de disculpa, Blind Melon ofreció un último concierto con Travis en la nochevieja de 2008, pero tan solo resultó un epílogo a un bis fallido. Desde entonces, la banda californiana ha organizado innumerables castings, incluida una invitación en su web para el envío de grabaciones amateurs en la epopeya de encontrar un nuevo y definitivo sustituto a Hoon… Pero seguramente hasta ellos mismos son conscientes de que jamás lograrán topar con un timbre como el del cantante que les dio su identidad para luego llevársela por siempre.

De predicador baptista a dios del blues: Son House

•2 marzo 2010 • Dejar un comentario

El título reza blasfemia, pero cuando el blues entra en escena todo misticismo religioso es sustituido por la magia de seis cuerdas y, da igual la confesión que se tenga, se cae en las garras de un éxtasis indescriptible.

Eso le sucedió a Son House, un jovenzuelo del más profundo delta que, tras una niñez entre plantaciones de algodón, siendo adolescente ya calzó hábito y estudió las escrituras para entregar su vida como sacerdote baptista. Gracias a Dios (cruel contradicción, confío me sea disculpada), el blues se topó en su camino y su vida giró hacia la oscuridad inherente. Estamos en la década de los ’20, donde el creciente fervor por esta incipiente música era considerada pecado por las más conservadoras Iglesias norteamericanas y donde la pasión que ésta despertaba (acertadamente) se mantenía a buen recaudo lejos de las gentes más puristas y con mayor afán protector sobre las indefensas almas congéneres. Nada de esto le evitó al gran Son toparse con Willie Wilson y renunciar a la vida eterna en el paraíso por un puñado de acordes.

Pronto se codeó con los más grandes de su tiempo (Charley Patton, Robert Johnson…) en su espiral hacia la perdición. El alcohol potenciaba su escalofriante voz mientras los cuellos de las cervezas ya bebidas le servían como sliders para machacar una guitarra que ofrecía una banda sonora irrepetible. Con su tema Preachin’ blues, Son House nos abre su vida contándonos su paso de fiel creyente a borracho guitarrista, con la profana felicidad del cambio.

Y si no fuera suficiente para Lucifer, en una sesión improvisada en uno de los míticos porches sureños Son House acabó con la vida de un hombre. Se escudó en defensa propia ante el juez, al jurar que solo respondía a un tiroteo previo e indiscriminado. Una de las balas le alcanzó una pierna, y con grandes como Son no se juega. Con la suerte que solo los malditos poseen, tan solo cumplió unos meses de la condena de quince años que le fue impuesta; y con la desgracia que solo los malditos poseen, cayó en una severa depresión bañada en alcohol que le mantuvo décadas alejado del blues.

Con la llegada de esta música al gran público en los ’60, la leyenda de House hizo a los estudiosos encontrarle y sacarle de su exilio para proponerle grabar algunas de las más desgarradoras sesiones de blues. A pesar de revivir con reconocimiento internacional a sus pies, los “santos” brebajes no le olvidaban, y en un concierto junto a Howlin’ Wolf Son subió al escenario con semejante castaña que provocó la ira del Gigante de Mississippi, iniciándose una segunda y progresiva caída a los infiernos de la soledad.

Grande entre los grandes, lejos de un púlpito congregó hordas de fieles a su regazo prometiendo una vida en pecado, una vida entre los oscuros parajes de un blues.

Cortez y el verso perdido

•27 febrero 2010 • Dejar un comentario

Amor a primera escucha, la única manera en la que éste es puro.  Así fue mi contacto con Cortez the Killer, del maestro Neil Young, en un primer solo de los de piel de gallina y un posterior desglose de variantes de una emoción difícilmente igualable.

Escrita en sus años universitarios (1960ytantos) no fue hasta el ’75 cuando Neil se decidió a mostrar esta maravilla al mundo, incluyéndola en el disco Zuma, grabado junto con su banda Crazy Horse.

La belleza de sus acordes contrasta con una muy criticada letra de continua idealización de la cultura azteca, centrada en la historia del Moctezuma.  En sus versos, Neil nos muestra una civilización pacífica y armoniosa, romantizada entre naturaleza salvaje y hojas de coca, hasta la llegada del altivo Cortez, que acaba con este paraíso mesoamericano.  No es mi intención iniciar una discusión que manche esta obra maestra musical (repito, musical), pero lo que no le enseñaron al gran Young en sus clases de historia fueron los crímenes internos aztecas, los sacrificios humanos, y cómo las naciones precolombinas se arrancaron entre ellas la vida para beneficio del invasor hispano.  El caso es que esta imagen creada por Neil Young de todo un héroe nacional le valió la censura del régimen franquista solo levantada con la llegada definitiva de la democracia a este nuestro opresor país.

Pero el título del post prometía unos derroteros bien distintos, y esta idílica canción guarda celosamente un secreto que a día de hoy sigue sin asomar: un último verso, una última estrofa escrito por Neil que, por destino, jamás ha sido grabada o interpretada en directo.

En la primera sesión de grabación del tema, en torno al minuto 7 y medio un cortocircuito provocó la muerte terminal en el estudio de la mesa de mezclas, faltando ese último verso y un presumible fade out.  Tras perderse todo el trabajo instrumental de la sesión, el productor David Briggs pidió a Neil la repetición de la canción completa.  Éste se negó a volver a grabar el último verso resignándose con un sorprendente “de todas formas, nunca me llegó a gustar”.

Así que nunca se supo qué decían esas últimas frases, y tan solo unos pocos afortunados saben lo que debió existir más allá de ese “Cortez, Cortez, what a killer…” que deja en el aire las últimas notas de una canción, completa o no, perfecta.