Telón sobre pluma y velas (I): Plumbum et Beethoven

Especial Telón sobre pluma y velas

1. PLUMBUM ET BEETHOVEN

2. Los fantasmas de Schumann

3. Mussorgsky: vasta, solitaria Madre Rusia

4. Granados y el mar

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Mientras Europa implosionaba en revoluciones y guerras y el Antiguo Régimen daba paso en su estertor al oscuro periodo napoleónico, uno de los más grandes genios de todos los tiempos luchaba por hallar su posición en una sociedad dominada por la caprichosa aristocracia mientras perdía su único contacto con su obra.

Era Ludwig van Beethoven un joven al que la vida había azotado sin compasión y cuya grandeza en sus composiciones había nacido desde la espalda de una felicidad a la que nunca había osado aspirar.  Pronto huérfano de su querida madre, el alcoholismo de su progenitor y el encarcelamiento del mismo por delinquir en embriaguez le habían obligado a aparcar su camino de músico prodigio en Viena para, siendo apenas adolescente, velar por hermanos menores y comenzar una serie de desdichas personales que acabarían plasmadas en algunas de las más bellas partituras jamás escritas.

Fue su persona sufridora de continuos rechazos amorosos y flirteos imposibles, negándosele un amor que repercutiría en impotente furia de sus notas.  Tan solo la muerte de su hermano le dio un hijo al que proteger, pero las luchas por la custodia de su sobrino le arañaron años de vida y todos sus ahorros, para luego recibir como recompensa un intento de suicidio del pequeño Karl en vez del cariño de un heredero que prolongase su sangre.

Todas estas desdichas obraron en Ludwig un carácter huraño y asocial, una pasión por la cólera en la soledad, al tiempo que su cuerpo comenzaba a ser hostigado por una debilidad enfermiza, que apenas la música osaba fortalecer.  Hundido en una flaqueza agonizante y en un silencio solo roto por acúfenos en su mente, Beethoven danzaba con la muerte en cada traslado de corte en corte para ilusionar oídos ajenos y procurar pan en su mesa.  Dolores perennes, problemas estomacales y una irreversible sordera conducían sin remedio a la más profunda depresión volcada en pentagramas que habrían de leerse con el metrónomo de una irritabilidad producto de la frustración.

A los 56 años, la salud del maestro de Bonn cedió ante la guadaña en la presencia de sus más fieles amigos y admiradores.  Los dedos que tanta magia habían sacado de entre las teclas de un piano callaban para siempre, dejando un legado inigualable y apagando una tristeza de otro modo infinita.

Las causas de su muerte se buscaron al mismo tiempo que las de sus dolores en vida, y durante siglos las especulaciones sobre su sordera fueron carne de científicos melómanos hechizados por la grandeza del alemán.  Esta ciencia ya del siglo XXI, obsesionada por no dejar sin respuesta a los títeres con cabeza, logró solucionar el enigma de la tragedia de Ludwig van Beethoven en los años resumidos en uno de sus cabellos.  Una reliquia obtenida con adoración horas después de su fallecimiento  y conservada con celo por el pianista Ferdinand Hiller, fervoroso de la música del genio.

La longitud del cano rizo, cual radiales en el corte de un tronco, guardaba células espaciadas en el tiempo con una información vital para obtener el culpable de la monstruosidad de carácter y de los escritos de Beethoven: el plomo.  Este elemento químico se había introducido a lo largo de su vida en su cuerpo como un parásito de fuente continua que arietó su cordura sin flaquear sus embestidas durante años.  En proporciones cien veces superiores a las presentes en cualquier humano se encontró el metal en este cabello místico.  Con el origen de este saturnismo se hallaría el motivo de todo mal del compositor, y de todo bien en su testamento al mundo.

Las primeras hipótesis sobre la llegada del metal al cuerpo de Ludwig se sitúan en el tratamiento con sales expectorantes ricas en plomo para la cura de una pulmonía recetada por el doctor Andreas Wawruch, un remedio común en la época.  Complicaciones posteriores obligaron al mismo médico a realizar varias punciones que cerraría con jabón de plomo nuevamente.  La cirrosis que padecía Beethoven y que desconocía Wawruch actuó de invitada no deseada en una mezcla médica fatal.

Otras investigaciones datan la relación del músico con el elemento plumbífero mucho antes.  Su afición por el vino blanco, al beberlo en copas de plomo, inició este romance involuntario con su verdugo, besando inconscientemente un lento veneno.

En una búsqueda desesperada por la cura de sus dolencias crónicas, Beethoven se hospedó en 1812 en el balneario checo de Teplice, en cuyas aguas termales pudo haber estado esperándole el fatal Saturno, que también pudo haber estado presente en uno de los riachuelos en los que buscaba el agua de la mesa y el aseo diarios.

Las localizaciones del plomo en la vida de Beethoven son tan variadas y distantes en el tiempo que durante más de veinte años acecharon su lucidez en un asedio tenaz de varios frentes que minaron su salud, alimentando su irritabilidad y, quién sabe, abonando su sordera para crear una maldición maravillosa para todos los que podemos aún hoy disfrutar sus compases.

“Aplaudid, amigos. Comedia finita est”, balbució Ludwig en su lecho de muerte, no siendo consciente de que sus creaciones iban a perdurar siempre…

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~ por Diego Donoso Calvo en 4 mayo 2010.

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