Telón sobre pluma y velas (II): Los fantasmas de Schumann

Especial Telón sobre pluma y velas

1. Plumbum et Beethoven

2. LOS FANTASMAS DE SCHUMANN

3. Mussorgsky: vasta, solitaria Madre Rusia

4. Granados y el mar

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La caída a los infiernos de Robert Alexander podría ser el acto final de cualquier obra cumbre del romanticismo, y su muerte el epílogo perfecto a una tragedia con todos los tintes de locura y amor dignos de un drama operístico.  Lamentablemente, Schumann no sólo compuso bellísimas historias de lírica romanticísima, sino que su misma vida fue entregada a la historia en un frenesí de delirios y sinrazones, perdiendo sus seres queridos y su lucidez al tiempo que los demonios de su averno mental acortaban los espacios entre visitas para convertirse en compañeros inseparables de su espiral descendente.

Robert Schumann nació para el piano, y su padre le ofreció una educación musical y literaria encaminada a encumbrarle entre los virtuosos de su tiempo.  La pasión con la que se sentaba frente a las teclas de marfil iba más allá de un misticismo recíproco con ellas para convertirse en una obsesión creciente en el perfeccionamiento de su técnica.

A la muerte de su padre, su madre cercenó sus sueños idealistas y le obligó a cursar derecho, carrera que pronto abandonó, preso de la búsqueda de un grial escondido entre las más exigentes partituras de piano.  Su afán por la excelencia en la ejecución le llevó a diseñar un complejo artilugio de poleas para el continuo ejercicio de sus dedos meñique y anular, cuyo movimiento no le parecían dignos del mejor.  En cambio, este aparejo acabó por atrofiar sus músculos, cautivos antes en una distonía focal y presos ahora de su ambición.

Finalmente, Schumann hubo de abandonar su sueño de pianista y se centró en la composición, tarea que le abriría las puertas de la inmortalidad.  Además, los sueños literarios del músico se entrelazaban con los melómanos para cultivar ambos campos con igual y devota dedicación.  Su rumbo se clarificaba y sus ideales se acercaban cuando las depresiones comenzaron a llamar a su puerta.

La enfermedad maniaco-depresiva se adentró progresivamente en los campos de su mente, conquistando cada trinchera para luego liberar de nuevo los rehenes cautivos, emulando a los contendientes de los Cien Años, arrasando las cosechas de la luz y dando paso luego a intervalos de un fervor genial, que aprovechaba para entregarse con fruición a labores compositorias.  Era en estas treguas entre crisis y depresión cuando Robert podía dar rienda suelta a toda la música que poseía y que sus fantasmas no le permitían silbar.  Cuando no, el declive psíquico resultaba imparable, pese al cariño encontrado en su esposa Clara Wieck, alianza por la que había luchado sobreponiéndose a la negativa de su familia política.  Clara, aclamada pianista para sus contemporáneos, sostuvo entre sus brazos el peso de la enfermedad de Schumann, alentando su insurrección y motivándole en su cada vez más prolífica labor de composición.

Pero los periodos de sombras se alargaban, y Robert Schumann callaba cada vez más a menudo, incapaz de flotar en una realidad ahora llena de sudores y angustias.  Las alucinaciones acosaban su nuevo mundo, criticando su obra, insultando sus creaciones.  Felinos exóticos, pequeños luciferes…   El contraste con los periodos de cordura se acentuaban y el ciclo aumentaba sin frenos, haciendo más maravillosas y fructíferas sus horas de escritura y negando tozudamente cualquier pensamiento en los demás.

Fue entonces cuando la sífilis apareció en escena, tras mantenerse en oculta latente durante décadas, provocándole una grave lesión cerebral que vendría a colmar un vaso precariamente amarrado a tierra por la devoción de su esposa.

Sabiéndose loco, quiso acabar con su vida arrojándose al Rin, pero lograron salvarle y evitar la consumación de un suicidio que ilustraba la desesperación del sajón.

El telón de su tragedia cae por penúltima vez y vuelve a alzarse para descubrir a un Robert Schumann enclaustrado en un sanatorio a las afueras de Bonn.  Alejado de su amada Clara, se abandona a la inanición, consciente de su locura e impotente frente a un pentagrama en blanco.  Los médicos, incapaces de revertir su falta de nutrición, permiten a su esposa visitar al pobre Schumann a fin de devolverle la ilusión por la vida.  Estrechar en su regazo a su enamorada le invitó a recuperar las ganas de caminar y Robert aceptó volver a alimentarse.

El caprichoso Dios del romanticismo había jugado su última carta, ya que al ingerir repentinamente una comida negada durante días, ésta colapsó su débil cuerpo y le llevó la muerte.  La esperanza nuevamente hallada había supuesto su final.

Vivió cuando quiso morir y murió cuando ansiaba regresar a la vida.  Robert Schumann se había sacudido de la forma más dramática todos sus fantasmas.

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~ por Diego Donoso Calvo en 4 mayo 2010.

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