Telón sobre pluma y velas (IV): Granados y el mar

Especial Telón sobre pluma y velas

1. Plumbum et Beethoven

2. Los fantasmas de Schumann

3. Mussorgsky: vasta, solitaria Madre Rusia

4. GRANADOS Y EL MAR

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La vida sonreía a Enrique Granados al tiempo que llenaba de plenitud sus días.

Su talento para con el piano no había pasado desapercibido aún siendo un benjamín y a edad muy temprana sus pasos pudieron dirigirse a su verdadera pasión en un peregrinaje siempre a favor del viento.

Cada maestro del joven ilerdense quedaba maravillado por la gracia con la que regalaba melodías y navegaba sobre las partituras.  Superando el aprendiz a cada profesor, Enrique acude a la más prestigiosa escuela de música barcelonesa: la Academia Pujol, donde trabaría amistad con su director y con un todavía muchacho Isaac Albéniz.  Sus sueños despegaban conforme más se aferraban a las teclas de un piano, y le dirigieron a la capital de la cultura mundial en un definitivo empujón al más exclusivo club musical de finales del siglo XIX.  Es en París donde se destapa todo su amor por la música rodeado de la élite europea: Debussy, Ravel, Fauré…

Pese a todos los mordiscos dados a la manzana, ésta crecía a ritmo mayor, y tras regresar Granados a Barcelona comienza a deleitar en cafés y salas a una pujante clase burguesa catalana que llevaba entonces en volandas a la ciudad, situándola a la vanguardia cultural y económica de su nación.  La nube en la que yacía el pianista catalán se tupía a cada nuevo recital y la misma Reina María Cristina le recibió con honores tras un concierto en Madrid.  Sus labores de interpretación y composición eran compaginadas con una entusiasta vocación pedagógica, fundando su propia academia de piano mientras fortalecía los círculos melómanos de Barcelona con la creación de importantes asociaciones de promoción de la música.

No solo ésta llenaba de júbilo su hogar, ya que poco antes había conocido a la que habría de ser su amada esposa Amparo Gal, con la que tendría seis hijos a cada cual más querido.  El fervor con el que cuidaba su familia le ofrecía una felicidad aún mayor que el tacto de su teclado.  Siempre apoyado por fieles mecenas, Granados logra el equilibrio perfecto entre lo familiar y lo profesional, y compone en esta época sus más bellas obras.

El reconocimiento a su talento era unánime y sus suites enamoraban al público de toda Europa.  Enrique Granados era el arquetipo de músico gozoso y de su academia empezaban a emanciparse nuevos aires a la música española.  Tan solo la muerte de su apreciado amigo Albéniz empañó estos años.  Como último gran homenaje a su figura, Granados hereda su última composición inacabada y remata su escritura con una elegancia que no presenta posibilidad de distinción de la frontera entre los compases ideados por sendas manos prodigiosas.

Cuando estalla la Primera Guerra Mundial nada hacía presagiar que su sombra podría alcanzar a Enrique y su familia, salvaguardados por la neutralidad española y cobijados en su paraíso burgués a orillas del Mediterráneo.

Los recitales, eso sí, que Granados tenía previstos en la vieja Europa han de ser cancelados por el conflicto y decide soltar amarras a Nueva York para ofrecer una serie de conciertos, pese a su profundo e irracional miedo a los viajes en barco.  La larga travesía junto a su esposa se eterniza por las inclemencias meteorológicas y bélicas y el pavor del pianista catalán por el medio de transporte marítimo se acrecienta.  Finalmente, la pareja desembarca en el Nuevo Mundo y el público norteamericano se rinde a los pies de Granados, que es incluso recibido por el presidente Woodrow Wilson en la Casa Blanca, ofreciéndole un concierto privado que le haría perder su trasatlántico de vuelta a España.

Intranquilo por su renovado temor al Gran Azul, Enrique inicia junto a Amparo su regreso a casa, tomando la combinación más rápida por su deseo de volver cuanto antes junto a sus hijos, sin esperar a la partida del siguiente buque de bandera española que realizase trayecto directo a costas ibéricas.

En la última etapa por mar de la nueva ruta, la pareja parte del puerto inglés de Folkestone el 24 de marzo de 1916 a bordo del ferry francés Sussex, un antiguo barco británico adquirido dos años antes por los ferrocarriles nacionales galos.

Si algo enseña la caprichosa historia es que la felicidad y el talento musical siempre tienen su contrapartida en los deseos de un destino que tarde o temprano acaba cobrándose en su peaje los costos de una genialidad excepcional.

El Sussex, confundido con un transporte de suministros, aquella tarde primaveral fue torpedeado por el submarino alemán UB-29, quedando su casco roto por la mitad y sumergiéndose rápidamente la proa en el frío Canal de la Mancha.  El camarote del matrimonio Granados no recibió impacto de obús ninguno y la parte del barco en la que se encontraba permaneció a flote.

Sin embargo, esta intriga no permite un final feliz, queriendo que la pareja no se encontrase en ese momento en su camarote y haciendo que ambos cayeran al mar.  Enrique logró asirse en un bote salvavidas, pero había perdido a su mujer de vista y oteaba desesperadamente las olas de su alrededor buscando a su adorada esposa.  Ésta apareció fugazmente algo lejos de su refugio neumático, y Granados no dudó en desprenderse de su miedo al mar y saltar al agua hacia Amparo.

Pudo Enrique Granados sobrevivir al ataque, pero el amor por ella obró en desesperación y le hizo arrojarse al vacío en una muerte segura.

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~ por Diego Donoso Calvo en 4 mayo 2010.

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