Los vampiros caen sobre Fogerty

Qué difícil es ser músico hoy en día.  Ya no gozan del aura de majestuosidad de antaño, el respeto de una sociedad que solía elevarles a los altares y ahora responde con la indiferencia.  No se puede ser músico hoy, es imposible, leñe: donde están las semanas en inhóspitos parajes en busca de la santa inspiración, aquellos grandes viajes de los Beatles a la India, esos meses de retiro espiritual compensados con la composición de una simple pero genial estrofa…

Hoy no, imposible, no pueden permitirse ni el copazo a mitad de concierto, sus sesiones maratonianas de estudio han dado paso a interminables disputas con el ministerio y latosas entrevistas con todos los medios digitales para criticar una sociedad que (vaya por Dios) no les compra SU música.  Todo con la esperanza puesta en, al caer el sol, poder encontrar un cajero libre donde dormir caliente…

Ay, pobre “músico” del arduo hoy, tú que anónimamente contribuyes con tus “canciones” a perpetuar un arte milenario, a mantener viva la llama de la tradición de los grandes músicos; tú que eres heredero directo de Elvis, y cuya saga se remonta a, qué leches, grandes como Mozart o Haydn.  Pobre “músico” de hoy copaportadas, no tienes ni puñetera idea de lo que es sufrir en tus carnes la crudeza de un sistema marchito, de una industria músical enferma donde el lucro y la injusticia nos han privado de algunos de los mejores talentos de todos los tiempos.

Hablemos de la maldición del bueno de John Fogerty.

Y es que en la década de los sesenta todo valía para hacerse un nombre en el gran elenco de figuras astrales, hasta el punto de, dejándose aconsejar por la incipiente manada de caníbales productores, firmar contratos leoninos aceptando estoicamente su propia sentencia de muerte.  Todo lo tenía el gran Fogerty, un talento como nadie para unir en clásicos universales blues, country y rock, un pulso con la guitarra perfeccionado con noches de alcohol y duendes y una voz inconfundible…  Tocando en familia y recorriendo ferias con su hermano Tom, Doug Clifford y Stu Cook logró con los entonces Blue Velvets llegar a Fantasy Records, donde Saul Zaentz les ofreció el contrato con el que habrían de auparse al éxito.

Algo debieron olerse los Creedence Clearwater Revival cuando la primera medida exigida por el Conde Zaentz fue cambiar el nombre del grupo y esconder con la manga mucha letra pequeña en un papel a ser firmado con sangre. Después llegó el reconocimiento internacional, las merecidas reverencias a una banda que se hacía un hueco entre los más grandes, colocando 20 canciones en el top-20 americano y llegando a vender en 1969 más que los sagrados Beatles.  Suzie Q, Proud Mary, Born on the Bayou… y el sueño de todo joven músico: la inmortalidad.

Pero, aaaaamigo, el precio de esta inmortalidad no podía ser pequeño, y las fauces y uñas de la discográfica asomaban ya debajo de las sonrisas y los guantes de seda.  Zaentz poseía todos los derechos sobre las canciones de la banda, haciendo una fortuna mientras tan sólo una infinitesimal porción de las ventas llegaba a los Creedence. Cuando John se percató del percal era demasiado tarde, y para huir de las garras del fantasmagórico ser renunció a los pocos royalties en sus manos y creyó volar libre.

Tom Fogerty no apoyó en esta decisión a su hermano y se mantuvo fiel a su tiránico amo, propiciando el comienzo de la ruptura del mítico grupo, acabando de raíz con la aún adolescente y prometedora carrera de todos los implicados.  Zaentz sacó sin permiso los ahorros de la banda de un banco de Nassau y, no confome con el castigo a la indisciplina del esclavo, demandó años después a John Fogerty por (sí, no es coña) plagiarse a sí mismo, exigiendo la friolera de 140 millones de dólares.

Ofende hasta al humilde escritor meter en el mismo saco al gran Fogerty que otros musicochos del tres al cuarto y comparar las situaciones de ambos es para reir, o llorar…  Fogerty nunca lloró frente a ministerios ni “lobbyizó” su lucha, sólo se limitó a atacar a sus vampiros con su música, en ácidas letras satíricas, y a confiar en un futuro en el que levantarse no fuera un suplicio, sino un acto previo a acariciar una guitarra y soñar con mundos diferentes.

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~ por Diego Donoso Calvo en 18 diciembre 2009.

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