Parecido… más que razonable

Sin ánimo de afirmar nada, y siempre con la presunción de la buena fe de la humanidad (presunción nada ambiciosa…), los parecidos “excesivos” entre muchas (muchas, muchas) canciones sacan a la palestra la palabra plagio en cuanto se oyen los cuatro acordes clave.

La música es algo matemático al fin y al cabo, pero las combinaciones de notas, silencios, instrumentos y compases convierten las similitudes en algo más que sospechoso.

Los ejemplos se cuentan por millares y algunos de ellos han saltado del ámbito puramente musical para convertirse en verdaderos debates sociales.   Especialmente sonado ha sido en el último año la particular guerra entre Coldplay y Satriani a propósito de Viva la Vida

Pero, en numerosas ocasiones los “plagios” respondían a algo más que a un afán por conquistar mercado musical y aprovecharse de cinco notas ya antes cocinadas…

Enero de 1958.  El rock’n’roll explotaba en Estados Unidos, enloqueciendo a las nuevas hornadas de adolescentes como nunca jamás una música antes lo había hecho.  Las caderas se movían y la modernidad amenazaba con dar otra nueva vuelta de tuerca al convulso siglo XX.  Pero la música avanzaba mucho más rápido que la sociedad, y el separatismo racial era algo inviolable en aquella América del progreso.  Los blancos escuchaban a los blancos y los negros a los negros.  Así de crudo, así de cierto.

Fue entonces cuando el gran Chuck Berry se sacó de la manga, a caballo entre Roll Over Beethoven y Johnny B. Goode (ahí es nada), Sweet Little Sixteen.

La canción fue un total éxito… en el mundo afroamericano.  Tan solo las mentes más liberales de los WASP permitían a sus hijos adolecentes disfrutar de temas de Muddy Waters, Jerry Lee Lewis o el mismo Berry.

En 1963, Brian Wilson, líder de los Beach Boys, “compuso” la archiconocida Surfin’ USA, un tema que les catapultó de un plumazo al olimpo de la música moderna.  El éxito entre la juventud americana fue inmediato, y la indignación de Chuck fundada…

Berry acusó a Wilson, lógicamente, de plagio y éste tan solo admitió cierta “influencia” del maestro de Missouri.  Posteriormente el padre de Brian, Murry Wilson cedió los derechos de la canción a Chuck Berry sin informar de la maniobra a su hijo, pero el agravio hacia la leyenda no iba a cambiar, y fue Surfin’ USA la que realmente se convirtió en un himno de la época mientras que Sweet Little Sixteen quedó reducida a los olvidados rincones del blues-rock para el gran (e ignorante) público.

Plagio sí, por supuesto.  Racismo e injusticia con Chuck, también.  Sirva esto como homenaje.

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~ por Diego Donoso Calvo en 5 diciembre 2009.

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