Telón sobre pluma y velas (IV): Granados y el mar

•4 mayo 2010 • Dejar un comentario

Especial Telón sobre pluma y velas

1. Plumbum et Beethoven

2. Los fantasmas de Schumann

3. Mussorgsky: vasta, solitaria Madre Rusia

4. GRANADOS Y EL MAR

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La vida sonreía a Enrique Granados al tiempo que llenaba de plenitud sus días.

Su talento para con el piano no había pasado desapercibido aún siendo un benjamín y a edad muy temprana sus pasos pudieron dirigirse a su verdadera pasión en un peregrinaje siempre a favor del viento.

Cada maestro del joven ilerdense quedaba maravillado por la gracia con la que regalaba melodías y navegaba sobre las partituras.  Superando el aprendiz a cada profesor, Enrique acude a la más prestigiosa escuela de música barcelonesa: la Academia Pujol, donde trabaría amistad con su director y con un todavía muchacho Isaac Albéniz.  Sus sueños despegaban conforme más se aferraban a las teclas de un piano, y le dirigieron a la capital de la cultura mundial en un definitivo empujón al más exclusivo club musical de finales del siglo XIX.  Es en París donde se destapa todo su amor por la música rodeado de la élite europea: Debussy, Ravel, Fauré…

Pese a todos los mordiscos dados a la manzana, ésta crecía a ritmo mayor, y tras regresar Granados a Barcelona comienza a deleitar en cafés y salas a una pujante clase burguesa catalana que llevaba entonces en volandas a la ciudad, situándola a la vanguardia cultural y económica de su nación.  La nube en la que yacía el pianista catalán se tupía a cada nuevo recital y la misma Reina María Cristina le recibió con honores tras un concierto en Madrid.  Sus labores de interpretación y composición eran compaginadas con una entusiasta vocación pedagógica, fundando su propia academia de piano mientras fortalecía los círculos melómanos de Barcelona con la creación de importantes asociaciones de promoción de la música.

No solo ésta llenaba de júbilo su hogar, ya que poco antes había conocido a la que habría de ser su amada esposa Amparo Gal, con la que tendría seis hijos a cada cual más querido.  El fervor con el que cuidaba su familia le ofrecía una felicidad aún mayor que el tacto de su teclado.  Siempre apoyado por fieles mecenas, Granados logra el equilibrio perfecto entre lo familiar y lo profesional, y compone en esta época sus más bellas obras.

El reconocimiento a su talento era unánime y sus suites enamoraban al público de toda Europa.  Enrique Granados era el arquetipo de músico gozoso y de su academia empezaban a emanciparse nuevos aires a la música española.  Tan solo la muerte de su apreciado amigo Albéniz empañó estos años.  Como último gran homenaje a su figura, Granados hereda su última composición inacabada y remata su escritura con una elegancia que no presenta posibilidad de distinción de la frontera entre los compases ideados por sendas manos prodigiosas.

Cuando estalla la Primera Guerra Mundial nada hacía presagiar que su sombra podría alcanzar a Enrique y su familia, salvaguardados por la neutralidad española y cobijados en su paraíso burgués a orillas del Mediterráneo.

Los recitales, eso sí, que Granados tenía previstos en la vieja Europa han de ser cancelados por el conflicto y decide soltar amarras a Nueva York para ofrecer una serie de conciertos, pese a su profundo e irracional miedo a los viajes en barco.  La larga travesía junto a su esposa se eterniza por las inclemencias meteorológicas y bélicas y el pavor del pianista catalán por el medio de transporte marítimo se acrecienta.  Finalmente, la pareja desembarca en el Nuevo Mundo y el público norteamericano se rinde a los pies de Granados, que es incluso recibido por el presidente Woodrow Wilson en la Casa Blanca, ofreciéndole un concierto privado que le haría perder su trasatlántico de vuelta a España.

Intranquilo por su renovado temor al Gran Azul, Enrique inicia junto a Amparo su regreso a casa, tomando la combinación más rápida por su deseo de volver cuanto antes junto a sus hijos, sin esperar a la partida del siguiente buque de bandera española que realizase trayecto directo a costas ibéricas.

En la última etapa por mar de la nueva ruta, la pareja parte del puerto inglés de Folkestone el 24 de marzo de 1916 a bordo del ferry francés Sussex, un antiguo barco británico adquirido dos años antes por los ferrocarriles nacionales galos.

Si algo enseña la caprichosa historia es que la felicidad y el talento musical siempre tienen su contrapartida en los deseos de un destino que tarde o temprano acaba cobrándose en su peaje los costos de una genialidad excepcional.

El Sussex, confundido con un transporte de suministros, aquella tarde primaveral fue torpedeado por el submarino alemán UB-29, quedando su casco roto por la mitad y sumergiéndose rápidamente la proa en el frío Canal de la Mancha.  El camarote del matrimonio Granados no recibió impacto de obús ninguno y la parte del barco en la que se encontraba permaneció a flote.

Sin embargo, esta intriga no permite un final feliz, queriendo que la pareja no se encontrase en ese momento en su camarote y haciendo que ambos cayeran al mar.  Enrique logró asirse en un bote salvavidas, pero había perdido a su mujer de vista y oteaba desesperadamente las olas de su alrededor buscando a su adorada esposa.  Ésta apareció fugazmente algo lejos de su refugio neumático, y Granados no dudó en desprenderse de su miedo al mar y saltar al agua hacia Amparo.

Pudo Enrique Granados sobrevivir al ataque, pero el amor por ella obró en desesperación y le hizo arrojarse al vacío en una muerte segura.

Telón sobre pluma y velas (III): Mussorgsky, vasta, solitaria Madre Rusia…

•4 mayo 2010 • Dejar un comentario

Especial Telón sobre pluma y velas

1. Plumbum et Beethoven

2. Los fantasmas de Schumann

3. MUSSORGSKY: VASTA, SOLITARIA MADRE RUSIA

4. Granados y el mar

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Así como una interminable novela rusa, en la que el protagonista se ve atrapado en las gélidas y monstruosas dimensiones de un territorio tan cruel como dado a la melancolía, Modest Mussorgsky hizo suya la tristeza de millones de rusos que durante siglos cayeron en el abrigo fatal de un descampado infinito.  Una estepa cuyo fin no alcanza la vista y que devora almas con la misma fiereza que engulle los horizontes nevados.

Tan solo la botella se mantuvo junto a Mussorgsky durante todo su deambular, como si el embrujo de este marginado y olvidado genio crease un magnetismo que atrae con la misma fuerza al alcohol y a la desdicha.

Siguiendo la tradición familiar, siendo apenas un muchacho de diez inviernos viajó junto a su hermano al esplendoroso San Petersburgo, espejismo del Báltico, para recibir una educación elitista en piano y literaturas europeas y consagrar posteriormente su vida a su patria sirviendo en el ejército del zar.  Capturado por el encanto de la música, el contraste con la entrada a filas resultó bestial.  A las órdenes del desalmado General Sutgof, Modest probó los rigores de la vida castrense, manteniendo calor en cuerpo y mente con sus primeras incursiones con el vodka, camarada consolador que no habría ya de olvidarle.  Sus méritos militares como cadete y su origen aristocrático le condujeron al legendario Regimiento Preobrazhensky, orgullo de la guardia imperial rusa, donde comenzó a entablar amistad con algunos de las mentes de más relumbrón en la vida cultural de la nación.

En este ambiente de élite intelectual, Mussorgky abandona las armas alentado por sus compañeros para entregar sus días a la música, desarrollando un amor por la misma solo equiparable a la creciente devoción por su país.  Era Rusia una nación triste, en el que el campesinado sufría en silencio la crudeza de los inviernos mientras se ahogaba en el fango de los deshielos, desgraciada por el capricho de los zares y del frío.  Modest desea entonces retratar ese espíritu de impotencia y estoicismo de la sociedad rusa y crea, junto a otros cuatro grandes compositores de su tiempo, “El Gran Puñado” o grupo de “Los Cinco”.  Este colectivo rompe con el servilismo musical con Europa y se propone refundar la música rusa dotándola de unas características únicas que habrían de recoger la esencia única de la gran nación.  Lejos del elitismo clásico de los conservatorios occidentales, estos jóvenes muestran una nueva forma de componer con escasa educación musical, al tiempo que denuncian un país en continua decadencia con la injusticia social como insoportable realidad.

Incapaz de vivir de la música, Mussorgsky se topa con los límites de su utopía y ha de zambullirse en el gigantesco aparato burocrático imperial para procurarse alimento y cama.  Al tiempo, sufre la pérdida de su madre.  Ambos desengaños le hacen rescatar del pasado la exclusiva compañía de Baco, sumiéndole en una marea de autodestrucción depresiva.

El mundo de Modest Mussorgsky se desintegraba naipe sobre naipe mientras el círculo de Los Cinco no lograba sobreponerse a la retirada del mundo de la música de su mentor Balakirev y sus ilusiones se perdían en la inmensidad de sus intenciones.

La dipsomanía del ruso se convirtió en su única religión y, tras dimitir de su servicio civil, la taberna se convirtió en permanente residencia.  Y es que la vida seguía obstinada en demoler todo lo que amaba: sus colegas abandonaban su compañía para rehacer sus vidas en la apatía rusa o morían prematuramente dejando a Modest completamente solo;  la crítica se cebaba sistemáticamente con sus obras tachándolas de necias en su fondo, insulsas en el ritmo y estúpidas en forma, y sus ideales políticos atrajeron la preocupación del zar por su contenido revolucionario.

A los 42 años, Mussorgsky se cansó de nadar sin avistar tierra, y dejó que el alcohol invadiese finalmente cada centímetro de sus venas.  Rusia se tragaba otro de sus más despechados amantes en el ostracismo, renegando de su idilio y sirviéndole vodka hasta que su cadáver no asomara más allá de sus páramos.

Telón sobre pluma y velas (II): Los fantasmas de Schumann

•4 mayo 2010 • Dejar un comentario

Especial Telón sobre pluma y velas

1. Plumbum et Beethoven

2. LOS FANTASMAS DE SCHUMANN

3. Mussorgsky: vasta, solitaria Madre Rusia

4. Granados y el mar

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La caída a los infiernos de Robert Alexander podría ser el acto final de cualquier obra cumbre del romanticismo, y su muerte el epílogo perfecto a una tragedia con todos los tintes de locura y amor dignos de un drama operístico.  Lamentablemente, Schumann no sólo compuso bellísimas historias de lírica romanticísima, sino que su misma vida fue entregada a la historia en un frenesí de delirios y sinrazones, perdiendo sus seres queridos y su lucidez al tiempo que los demonios de su averno mental acortaban los espacios entre visitas para convertirse en compañeros inseparables de su espiral descendente.

Robert Schumann nació para el piano, y su padre le ofreció una educación musical y literaria encaminada a encumbrarle entre los virtuosos de su tiempo.  La pasión con la que se sentaba frente a las teclas de marfil iba más allá de un misticismo recíproco con ellas para convertirse en una obsesión creciente en el perfeccionamiento de su técnica.

A la muerte de su padre, su madre cercenó sus sueños idealistas y le obligó a cursar derecho, carrera que pronto abandonó, preso de la búsqueda de un grial escondido entre las más exigentes partituras de piano.  Su afán por la excelencia en la ejecución le llevó a diseñar un complejo artilugio de poleas para el continuo ejercicio de sus dedos meñique y anular, cuyo movimiento no le parecían dignos del mejor.  En cambio, este aparejo acabó por atrofiar sus músculos, cautivos antes en una distonía focal y presos ahora de su ambición.

Finalmente, Schumann hubo de abandonar su sueño de pianista y se centró en la composición, tarea que le abriría las puertas de la inmortalidad.  Además, los sueños literarios del músico se entrelazaban con los melómanos para cultivar ambos campos con igual y devota dedicación.  Su rumbo se clarificaba y sus ideales se acercaban cuando las depresiones comenzaron a llamar a su puerta.

La enfermedad maniaco-depresiva se adentró progresivamente en los campos de su mente, conquistando cada trinchera para luego liberar de nuevo los rehenes cautivos, emulando a los contendientes de los Cien Años, arrasando las cosechas de la luz y dando paso luego a intervalos de un fervor genial, que aprovechaba para entregarse con fruición a labores compositorias.  Era en estas treguas entre crisis y depresión cuando Robert podía dar rienda suelta a toda la música que poseía y que sus fantasmas no le permitían silbar.  Cuando no, el declive psíquico resultaba imparable, pese al cariño encontrado en su esposa Clara Wieck, alianza por la que había luchado sobreponiéndose a la negativa de su familia política.  Clara, aclamada pianista para sus contemporáneos, sostuvo entre sus brazos el peso de la enfermedad de Schumann, alentando su insurrección y motivándole en su cada vez más prolífica labor de composición.

Pero los periodos de sombras se alargaban, y Robert Schumann callaba cada vez más a menudo, incapaz de flotar en una realidad ahora llena de sudores y angustias.  Las alucinaciones acosaban su nuevo mundo, criticando su obra, insultando sus creaciones.  Felinos exóticos, pequeños luciferes…   El contraste con los periodos de cordura se acentuaban y el ciclo aumentaba sin frenos, haciendo más maravillosas y fructíferas sus horas de escritura y negando tozudamente cualquier pensamiento en los demás.

Fue entonces cuando la sífilis apareció en escena, tras mantenerse en oculta latente durante décadas, provocándole una grave lesión cerebral que vendría a colmar un vaso precariamente amarrado a tierra por la devoción de su esposa.

Sabiéndose loco, quiso acabar con su vida arrojándose al Rin, pero lograron salvarle y evitar la consumación de un suicidio que ilustraba la desesperación del sajón.

El telón de su tragedia cae por penúltima vez y vuelve a alzarse para descubrir a un Robert Schumann enclaustrado en un sanatorio a las afueras de Bonn.  Alejado de su amada Clara, se abandona a la inanición, consciente de su locura e impotente frente a un pentagrama en blanco.  Los médicos, incapaces de revertir su falta de nutrición, permiten a su esposa visitar al pobre Schumann a fin de devolverle la ilusión por la vida.  Estrechar en su regazo a su enamorada le invitó a recuperar las ganas de caminar y Robert aceptó volver a alimentarse.

El caprichoso Dios del romanticismo había jugado su última carta, ya que al ingerir repentinamente una comida negada durante días, ésta colapsó su débil cuerpo y le llevó la muerte.  La esperanza nuevamente hallada había supuesto su final.

Vivió cuando quiso morir y murió cuando ansiaba regresar a la vida.  Robert Schumann se había sacudido de la forma más dramática todos sus fantasmas.

Telón sobre pluma y velas (I): Plumbum et Beethoven

•4 mayo 2010 • Dejar un comentario

Especial Telón sobre pluma y velas

1. PLUMBUM ET BEETHOVEN

2. Los fantasmas de Schumann

3. Mussorgsky: vasta, solitaria Madre Rusia

4. Granados y el mar

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Mientras Europa implosionaba en revoluciones y guerras y el Antiguo Régimen daba paso en su estertor al oscuro periodo napoleónico, uno de los más grandes genios de todos los tiempos luchaba por hallar su posición en una sociedad dominada por la caprichosa aristocracia mientras perdía su único contacto con su obra.

Era Ludwig van Beethoven un joven al que la vida había azotado sin compasión y cuya grandeza en sus composiciones había nacido desde la espalda de una felicidad a la que nunca había osado aspirar.  Pronto huérfano de su querida madre, el alcoholismo de su progenitor y el encarcelamiento del mismo por delinquir en embriaguez le habían obligado a aparcar su camino de músico prodigio en Viena para, siendo apenas adolescente, velar por hermanos menores y comenzar una serie de desdichas personales que acabarían plasmadas en algunas de las más bellas partituras jamás escritas.

Fue su persona sufridora de continuos rechazos amorosos y flirteos imposibles, negándosele un amor que repercutiría en impotente furia de sus notas.  Tan solo la muerte de su hermano le dio un hijo al que proteger, pero las luchas por la custodia de su sobrino le arañaron años de vida y todos sus ahorros, para luego recibir como recompensa un intento de suicidio del pequeño Karl en vez del cariño de un heredero que prolongase su sangre.

Todas estas desdichas obraron en Ludwig un carácter huraño y asocial, una pasión por la cólera en la soledad, al tiempo que su cuerpo comenzaba a ser hostigado por una debilidad enfermiza, que apenas la música osaba fortalecer.  Hundido en una flaqueza agonizante y en un silencio solo roto por acúfenos en su mente, Beethoven danzaba con la muerte en cada traslado de corte en corte para ilusionar oídos ajenos y procurar pan en su mesa.  Dolores perennes, problemas estomacales y una irreversible sordera conducían sin remedio a la más profunda depresión volcada en pentagramas que habrían de leerse con el metrónomo de una irritabilidad producto de la frustración.

A los 56 años, la salud del maestro de Bonn cedió ante la guadaña en la presencia de sus más fieles amigos y admiradores.  Los dedos que tanta magia habían sacado de entre las teclas de un piano callaban para siempre, dejando un legado inigualable y apagando una tristeza de otro modo infinita.

Las causas de su muerte se buscaron al mismo tiempo que las de sus dolores en vida, y durante siglos las especulaciones sobre su sordera fueron carne de científicos melómanos hechizados por la grandeza del alemán.  Esta ciencia ya del siglo XXI, obsesionada por no dejar sin respuesta a los títeres con cabeza, logró solucionar el enigma de la tragedia de Ludwig van Beethoven en los años resumidos en uno de sus cabellos.  Una reliquia obtenida con adoración horas después de su fallecimiento  y conservada con celo por el pianista Ferdinand Hiller, fervoroso de la música del genio.

La longitud del cano rizo, cual radiales en el corte de un tronco, guardaba células espaciadas en el tiempo con una información vital para obtener el culpable de la monstruosidad de carácter y de los escritos de Beethoven: el plomo.  Este elemento químico se había introducido a lo largo de su vida en su cuerpo como un parásito de fuente continua que arietó su cordura sin flaquear sus embestidas durante años.  En proporciones cien veces superiores a las presentes en cualquier humano se encontró el metal en este cabello místico.  Con el origen de este saturnismo se hallaría el motivo de todo mal del compositor, y de todo bien en su testamento al mundo.

Las primeras hipótesis sobre la llegada del metal al cuerpo de Ludwig se sitúan en el tratamiento con sales expectorantes ricas en plomo para la cura de una pulmonía recetada por el doctor Andreas Wawruch, un remedio común en la época.  Complicaciones posteriores obligaron al mismo médico a realizar varias punciones que cerraría con jabón de plomo nuevamente.  La cirrosis que padecía Beethoven y que desconocía Wawruch actuó de invitada no deseada en una mezcla médica fatal.

Otras investigaciones datan la relación del músico con el elemento plumbífero mucho antes.  Su afición por el vino blanco, al beberlo en copas de plomo, inició este romance involuntario con su verdugo, besando inconscientemente un lento veneno.

En una búsqueda desesperada por la cura de sus dolencias crónicas, Beethoven se hospedó en 1812 en el balneario checo de Teplice, en cuyas aguas termales pudo haber estado esperándole el fatal Saturno, que también pudo haber estado presente en uno de los riachuelos en los que buscaba el agua de la mesa y el aseo diarios.

Las localizaciones del plomo en la vida de Beethoven son tan variadas y distantes en el tiempo que durante más de veinte años acecharon su lucidez en un asedio tenaz de varios frentes que minaron su salud, alimentando su irritabilidad y, quién sabe, abonando su sordera para crear una maldición maravillosa para todos los que podemos aún hoy disfrutar sus compases.

“Aplaudid, amigos. Comedia finita est”, balbució Ludwig en su lecho de muerte, no siendo consciente de que sus creaciones iban a perdurar siempre…

Telón sobre pluma y velas

•4 mayo 2010 • Dejar un comentario

Cuando se buscan imágenes para describir el arte en el siglo XIX, los dramas se agolpan en las retinas empujando con una fuerza solo lograda con la grandeza de un trágico final.

El hedonismo de siglos anteriores da paso en el romanticismo a una introspectiva cruel y salvaje, a una larga nube negra que llueve desamores, depresiones y muertes desdichadas.  Las novelas, las poesías, las óperas crean personajes de una grandiosidad incomparable para luego borrarlas de la faz del escenario con una frialdad que conmueve a su espectador.  Como si este juego con la agonía se contagiase por la pluma, algunos de los más ilustres compositores del romanticismo sufrieron en sus vidas el peso de la desgracia, para dejar este mundo con la tristeza de un legado eterno y un epílogo abono de futuras leyendas y elegías.

Así, en SiBemolMinúscula abrimos la puerta a un siglo inhóspito entre estas letras para descubrir silenciosos asesinos pacientes durante décadas, crueles monstruos habitando mentes geniales, desencantos con sociedades queridas e historias de amor que las circunstancias escribieron en guión inevitable.

Se inicia un recorrido por el adiós de románticos compositores, estrellas en una Europa convulsa, dueños de los oídos de mil generaciones, condenados a una despedida con el encanto de toda inverosímil pero real tragedia…

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Especial Telón sobre pluma y velas

1. Plumbum et Beethoven

2. Los fantasmas de Schumann

3. Mussorgsky: vasta, solitaria Madre Rusia

4. Granados y el mar


Un paquete para Björk

•13 abril 2010 • 2 comentarios

Acabo de contemplar el lado más cruel y oscuro de la música, la caída de la racionalidad y la cordura a manos de una voz que “logró” conquistar la lucidez de un joven, y que no sólo acabó con la vida de este sino que creó un monstruo deseoso de poner fin también a su persona amada.

Como utópico bloguero siempre procuro informarme de aquello de lo que pienso escribir, pero jamás pensé que alguna vez requeriría de tanto estómago en una labor documental.

Ricardo López estaba enamorado de Björk.  No en un sentido físico o de simple apetito carnal, sino (según su interminable confesión) como un vínculo físico y real, una conexión biológica a través de su música que le había cautivado hasta el punto de convertirse en su único motivo para vivir.  La palabra “locura” se queda corta para describir la enfermedad de un chaval de apenas 21 que decide, a falta de nadie que le acompañe en su vida, comprarse para su cumpleaños una cámara de vídeo y grabar los que habrían de ser sus últimos meses.  Con una frialdad escalofriante describe su relación con su diosa islandesa, al tiempo que deja al descubierto su miserable vida enclaustrado en un apartamento desordenado y oscuro.  En más de 20 horas de cinta, López abre su frustración a la cámara tras caer la cantante en los brazos de un hombre de color (el dj británico Goldie), y cómo en su xenofobia es incapaz de aceptar que la garganta de sus sueños no pertenezca a él mismo, su más apasionado seguidor.

Preso de la impotencia, decide acabar con la vida de Björk y desglosa progresivamente su plan para cometer el crimen.  Abandona su trabajo e invierte sus últimos ahorros en material químico con el que experimenta, ilustrado por novelas detectivescas, pasando por el ácido clorhídrico para decantarse finalmente por el sulfúrico tras comprobar sus efectos devastadores.  Utilizando sus dudosas dotes de artista crea un libro con doble fondo en el que oculta el fatal cargamento y lo envía por correo haciéndolo pasar por un paquete de Elektra Entertainment que supuestamente contiene una suculenta y detallada oferta audiovisual para la cantante.

Finalmente, Ricardo López se suicida con un tiro en la boca, rodeado de dibujos propios y fotografías de la islandesa, afeitado su pelo y pintada su cabeza, mientras suena de fondo su canción más apreciada…

La historia en sí es terrorífica, pero lo es más aún tras vivirla en segunda persona en el documental The Video Diary of Ricardo López, en el que uno es confesor y mudo testigo de la corrupción de una mente.  La experiencia de compartir con un fanático de una musa musical su irracionalidad es tan claustrofóbica que apenas sí deja espacio para las palabras.

Afortunadamente, gracias a la interceptación de Scotland Yard, el paquete no llegó a su destino y el deseo último del joven jamás llegó a cumplirse, pero al enterarse Björk de tal infierno se retiró de la vida pública en un exilio en Andalucía que finalizaría en su divorcio con Goldie.  Su incomparable voz podría seguir brillando, después de haber sido oscurecida por un frustrado asesinato grabado y explicado en unas cintas rebosadas de odio.

Comprando una escalera al paraíso

•6 abril 2010 • Dejar un comentario

Da cierto respeto adentrarse sin ninguna reverencia ni nuevo aporte a un tema musical tan trillado como adorado.  No en vano es la canción más reproducida de la historia en las emisoras de radio americanas y su partitura para guitarra la más vendida de todos los tiempos.  Han corrido tantos ríos de tinta que toda escritura de un post sobre Stairway to Heaven asemeja más un resumen mal trazado que un nuevo relato curioso.  Habiendo vendido ya uno el alma de cien reencarnaciones al diablo se pude permitir abordar ciertos peliagudos asuntos que, como siempre en SiBemolMinúscula, son y serán observados con lupa, a fin de no recibirla doblada.

Una lástima que una canción con vida propia haya añadido a su historia capítulos difícilmente creíbles o atribuibles más al legado de toda una banda que al de una simple balada.  El anecdotario de Stairway to Heaven (así apilado a propósito) alcanza efectivamente cotas cercanas a las nubes y su belleza cautivadora, aún para los no amantes del resto del trabajo de los Zeppelin, la hacen una canción mágica.

El comienzo siempre debería ir antes de nada, y ya la intro instrumental posee una historia ciertamente increíble hablando de una de las mejores canciones del siglo XX.  Fans de LZ tápense los oídos, ya que las notas del comienzo están “basadas” en un tema anterior de los Spirit, Taurus, un grupo con el que giraron los Zeppelin allá por 1968.  Esta inspiración de Jimmy Page, que en muchas lugares se afirma requirió de apenas un cuarto de hora de composición, resulta de parecido más que notable con Taurus, acusación que no molesta a los Spirit, honrados por pasar a los anales como compositores en la sombra de tan fabulosos acordes.  Al lector queda la tarea de la comparación…

Lo innegable es la elegancia que trae la melodía durante toda su duración, hermosura a la que el bajista John Paul Jones se negó a añadir una base de bajo como era costumbre para diseñar multitud de efectos sonoros con flautas, teclados y diferentes instrumentos de cuerda.

Y Robert Plant comienza a deleitarnos con una poesía escrita (esta sí) sobre la marcha tras oír los primeros bocetos de Page.  La letra se encuentra repleta de metáforas y mensajes ocultos complicados de descifrar hasta para los más avezados melómanos.  Basada según Plant en un libro sobre artes druídicas celtas, cuenta la historia de una mujer en mitad de un rito iniciático con el que busca la redención, aderezada por cuantiosas referencias mitológicas de cultos celtas y escandinavos calificadas por muchos de tolkianas, otros de satánicas…

Los componentes de Led Zeppelin son señalados como seguidores de la secta de Aleister Crowley, siendo Page el más ferviente devoto del ocultista.  Una antigua mansión de Crowley a orillas del Lago Ness, construida presuntamente sobre las ruinas de una iglesia que ardió con todos los parroquianos dentro, fue adquirida por el guitarrista para proseguir en ella su proceso de distanciamiento del rebaño, con las inevitables orgías en el pack.  El aura en torno a esta construcción ha fertilizado mil leyendas: entre las ciertas, el suponer el último techo en cobijar al batería de LZ John Bonham en 1980, caído por coma etílico de buen vodka ruso; entre las falsas, el ser el edificio donde se compuso Stairway to Heaven y que sostiene, de forma espiritual, la principal inspiración mediúmnica para Robert Plant en la escritura de su letra.

Carátulas, títulos y letras llenas de alusiones ocultistas en los discos de los Zeppelin…  El fanatismo de Page por su nueva religión llegó hasta el punto de diseñar símbolos de significado desconocido para designar a los componentes del grupo, sustituyendo nombre y apellido por cuatro acertijos resueltos con posterioridad.  Todos menos el de Page…

Pero, sin duda, la más conocida leyenda (y principal foco de supuesta herejía) es la que afirma existe un párrafo de adoración a Satán sólo audible si se reproduce el tema al revés.  Pese a la intriga nacida de la escucha del fragmento por primera vez, el efecto de la “lectura” de la oración no se debe sino a un efecto de pareidolia, de mera sugestión alentada por la vida extramusical de los componentes de LZ.  El mismo Plant no se cansa de retirar la etiqueta satanista de este tema, negando cualquier culto camuflado adrede y resaltando que sería un sacrilegio retocar una pieza tan perfecta al derechas solo para que se insinuase el vinilo en la viceversa.

Jimmy Page toma Stairway to Heaven como su gran legado para la posteridad y, tras ver la celeridad con la que, frente a una hoguera, Plant escribió su letra, legó toda responsabilidad de redacción en él en todos los temas restantes.  Además, tras la disolución del grupo con la muerte de Bonham y la del hijo de Plant dos años antes (vinculada a los coqueteos de Page con la magia negra), el guitarrista no ha aceptado jamás que otro que no sea Robert cante junto a él una tonada clavada en lo más alto de la cordillera del rock.